Departamento de Léxico: “Abrogarse” no es “arrogarse”

CASI TODO el mundo sabe qué significa el que una persona sea arrogante: “Qué licenciado más arrogante nos tocó. Quisiera bajarle los humos”. Aunque este adjetivo puede dar a entender que alguien es valiente, brioso, gallardo o airoso, en la mayoría de los casos deseamos trasmitir la idea de que es altanero o soberbio. Es más, casi nunca empleamos arrogante con los primeros cuatro sentidos, a pesar de que figuran en el Diccionario académico.

También existe el verbo arrogar(se). Su uso es limitado y específico: apropiarse indebida o exageradamente de cosas inmateriales, como facultades, derechos u honores. Se escucha en casos como este: “Los maestros de las escuelas públicas, a pesar de que puedan tener razones de peso para protestar, no deben arrogarse el derecho de secuestrar ciudades y violar los derechos de terceros: el resto de la ciudadanía. Hay otras maneras de protestar y de insistir en que se mejore su nivel de preparación”. Huelga decir que quien se arroga un derecho que no le corresponde es arrogante (cuando menos).

Por la similitud entre los verbos arrogar y abrogar, los hablantes y los redactores poco esmerados suelen confundirlos sin siquiera darse cuenta de que, así, incurren en una barbaridad. El verbo abrogar quiere decir “abolir” o “derogar”. Un cuerpo legislativo, por ejemplo, puede abrogar una ley que no resulta funcional: “Se abrogó la ley de la Prohibición el 5 de diciembre de 1933, con la vigésima primera enmienda a la Constitución de Estados Unidos”.

En la primerísima plana del periódico Reforma del 16 de marzo de 2012 (“Chantajean con plantón”), leemos la siguiente cita: “ ‘El SNTE [Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación] no puede abrogarse el derecho único de representación, pues los maestros de la CNTE [Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación] no reconocemos a Elba Esther Gordillo como dirigente’, añadió”.

Aquí hay dos problemas. Como se trata de una cita textual, las reporteras —doña Sonia del Valle y doña Mirtha Hernández— no podían arrogarse el derecho de cambiar las palabras de Francisco Bravo, de la Sección 9 de la CNTE. Estaban obligadas a reproducir textualmente la declaración de este señor. En casos así, debe emplearse entre corchetes la palabra latina sic, “así, tal cual”, para dar a entender que han respetado la integridad de la cita, y al mismo tiempo indican que el error es del declarante y no de ellas.

Si un reportero reproduce un error léxico o incoherencia gramatical, tal cual, sin señalarlos mediante un sic, el lector deducirá que el ignorante es el reportero, no el declarante. En este caso, las reporteras no repararon en el error del declarante y lo reprodujeron fielmente, como si lo hubiera pronunciado el mismísimo Octavio Paz. Pero hay una posibilidad aun peor: que el declarante hubiera empleado la frase correcta, arrogarse el derecho, y las reporteras —creyendo que abrogarse el derecho sonaría más elegante— le hubieran enmendado la plana.

¿Qué debe hacernos temblar más? ¿Maestros ignorantes o reporteras de primera plana cuya ignorancia las convierte en dignas rivales de los maestros? Y vuelvo a preguntarlo (y no crea usted que es pregunta retórica): ¿no hay editores en el periódico Reforma?

Departamento de Artículos: No abusemos del artículo indeterminado

EL ARTÍCULO INDETERMINADO también se conoce como indefinido. Se trata de las palabras un, una y sus plurales. Tiene muchos usos. Como el determinado, concierta en número y género con un sustantivo: un libro, una mujer, unos estudiantes, unas políticas. Pero a diferencia del determinado, no habla de un hecho específico sino más bien de algo vago (por eso se llaman artículos indeterminados o indefinidos): “Necesito un médico con urgencia”. Aquí no importa cuál sea. “Me trajo unos libros de su biblioteca”. No se determina cuáles son. Vea usted la diferencia entre lo anterior y esta proposición: “Me trajo los mejores libros de su biblioteca”. Ahora sí está clara la intención de especificar de qué libros se trata: los mejores. No tendría sentido decir unos mejores libros.

Por desgracia, con frecuencia abusamos del artículo indefinido. Podemos hablar de un soldado o de unos soldados. Es posible escribir acerca de una película que vimos el año pasado, o de unas pelucas que vimos en el aparador. En todos estos casos queda claro si estamos hablando de un sustantivo singular o plural. Mas cuando se trata de la profesión, religión, nacionalidad o de cualquier categorización de personas, y si es claro que nos referimos a una persona (no dos, tres o más), no debemos emplear el artículo indefinido un o una (a menos que agreguemos un adjetivo o una locución adjetiva, como se observará dos párrafos más abajo).

Veamos el encabezado de esta entrada (Reforma, “Nacional”, 8 de febrero de 2012 p. 5): “Critican que la SEP no tenga un titular”. El titular de alguna dependencia, por definición, es uno solo. No pueden ser dos. Debieron escribir “Critican que la SEP no tenga titular”. En este caso, titular es la categoría laboral de quien encabeza la Secretaría de Educación Pública.

De la misma manera, no debemos decir “Juan es un médico” ni “Claudia es una perredista” sino “Juan es médico” y “Claudia es perredista”. Ahora, con nacionalidades u otros gentilicios: “Eva Griselda es francesa”, y no “Eva Griselda es una francesa”. “Fernanda es guanajuatense”, y no “Fernanda es una guanajuatense”.

No obstante, como mencioné antes entre paréntesis, si agregamos un adjetivo o frase adjetiva, sí es lícito incluir el artículo indefinido, pero tampoco es obligatorio:

  • Juan es un excelente médico. O: Juan es excelente médico.
  • Claudia es una perredista de hueso colorado. O: Claudia es perredista de hueso colorado.
  • Fernanda es una nostálgica guanajuatense. O: Fernanda es guanajuatense nostálgica.

Se dan casos donde empleamos el artículo indefinido con valor enfático, y (para los enamorados de la gramática) se llaman construcciones de un enfático: “Esteban es una eminencia”; “Yo soy un tonto”. Desde luego, no puedo ser ni dos ni tres. Y el suertudo de Esteban, por picudo que sea, solo puede ser una eminencia. En las gramáticas está bien consignado este uso del artículo indeterminado, y es perfectamente legítimo. Así sí: ¡adelante!

Departamento de Estructuras: Las construcciones sencillas son más sólidas

EL TEXTO que aparece en la cuarta de forros de El americano tranquilo[1] solo consta de dos proposiciones y están redactadas de manera correcta. Mas a pesar de su corrección técnica, el mensaje no se percibe con la claridad debida porque las estructuras mismas de las dos proposiciones son innecesariamente complicadas, poseen abundancia de incisos y adolecen de un exceso de oraciones subordinadas.

La primera proposición es la más breve. Consta de 41 palabras: “Construida formalmente bajo los patrones del género de intriga, El americano tranquilo, novela que tiene como escenario la Indochina de los primeros años de la década de 1950, es una de las obras de Graham Greene más acabadas, originales y vigorosas”.[2] Esto es el equivalente de tres renglones en una hoja tamaño carta, escritos en Times New Roman de 12 puntos. Dicho de otro modo, no es excesivamente larga, pero veamos cómo está construida y de qué modo podría resultar más efectiva.

Se inicia con una inversión sintáctica: Construida formalmente bajo los patrones del género de intriga… Esta es práctica común y prepara al lector para “lo fuerte” que venga enseguida. En efecto: se continúa con el sujeto de la oración principal: El americano tranquilo. ¿Pero qué sucede después? El autor del texto prosigue con un inciso subordinado de 16 palabras, más de la tercera parte de toda la proposición: novela que tiene como escenario la Indochina de los primeros años de la década de 1950. Solo entonces incluye el núcleo del predicado, es, 28 palabras distante del inicio de la proposición. Se concluye con un predicado nominal de 12 palabras: una de las obras de Graham Greene más acabadas, originales y vigorosas.

¿Cómo podría mejorarse? Hay varias maneras, pero sugeriré una. Seguramente usted podrá hallar otras dos o tres de igual o mayor eficacia. Dejaremos la inversión sintáctica, solo que en lugar de posponer el núcleo del predicado, lo incluiremos justo después del sujeto. Esto volverá el sentido mucho más claro. Y para amarrar la idea, colocaremos allí mismo el predicado nominal: Construida formalmente bajo los patrones del género de intriga, El americano tranquilo es una de las obras de Graham Green más acabadas, originales y vigorosas. Aquí pondremos un punto y seguido, el cual nos da un arranque de 25 palabras en lugar de 41. Esto nos deja con la oración subordinada que aparecía después del sujeto. La transformaremos en una oración principal y así la haremos más contundente: Esta novela tiene como escenario la Indochina de los primeros años de la década de 1950. Son 16 palabras, y si las sumamos a las primeras 25, tenemos las mismas 41 de la proposición, tal como apareció impresa, pero ahora plantea un mensaje más claro y contundente.

La segunda proposición, sin embargo, es mucho más problemática: Situados en un complejo tablero en que se dirimen distintas pugnas —la lucha del Vietminh por la independencia, el combate en retirada del ejército francés, los primeros movimientos del Gobierno estadounidense para hacerse con la hegemonía detentada hasta el momento por Francia—, un periodista británico, un agente de los servicios secretos norteamericanos y una muchacha vietnamita constituyen los vértices de una compleja relación triangular en la que cada personaje, representativo de concepciones culturales antagónicas, es guiado por motivaciones que, mal entendidas o incomprensibles para los demás, terminan por producir resultados y comportamientos muy distintos de los que se persiguen.

Se trata de una sola proposición de 100 palabras en ocho renglones completos escritos en Times New Roman de 12 puntos: 250 por ciento más que la primera, la cual ya analizamos y dividimos en dos. ¿Qué sucedió aquí?

Otra vez se inicia con una inversión sintáctica: Situados en un complejo tablero en que se dirimen distintas pugnas —la lucha del Vietminh por la independencia, el combate en retirada del ejército francés, los primeros movimientos del Gobierno estadounidense para hacerse con la hegemonía detentada hasta el momento por Francia— […]. Pero aquí se incluye un larguísimo inciso entre rayas, el cual contiene no menos de 31 palabras. Apenas entonces aparece el sujeto —un sujeto complejo—, el cual posee 14 palabras: un periodista británico, un agente de los servicios secretos norteamericanos y una muchacha vietnamita.

Después viene el núcleo del predicado, constituyen, seguido de un complemento directo: los vértices de una compleja relación triangular en la que cada personaje, representativo de concepciones culturales antagónicas, es guiado por motivaciones que, mal entendidas o incomprensibles para los demás, terminan por producir resultados y comportamientos muy distintos de los que se persiguen. El único problema consiste en que este complemento directo posee 42 palabras e incluye tres oraciones subordinadas y dos incisos. Cuando el lector llega al final del texto, se siente agobiado y confundido, pues ha perdido el hilo: la complejidad de la construcción no le permitió asimilar adecuadamente todas las ideas planteadas.

¿Qué puede hacerse, entonces? De nuevo, cada lector podrá armar esta segunda proposición a su gusto para que se entienda mejor. Yo lo haré de la siguiente manera: dejaré en su lugar la inversión sintáctica, tal como sucedió con la primera proposición, pero enseguida incluiré el sujeto, el núcleo del predicado y el complemento directo, aunque sin incluir aún las subordinadas ni los incisos correspondientes: Situados en un complejo tablero en que se dirimen distintas pugnas, un periodista británico, un agente de los servicios secretos norteamericanos y una muchacha vietnamita constituyen los vértices de una compleja relación triangular. Así, he comenzado con una proposición de 33 palabras que no llega a los tres renglones en una hoja tamaño carta. Podría haber sido más breve pero el sujeto complejo contiene 14 palabras, como ya se ha hecho notar.

Hasta ahora había dejado fuera el larguísimo inciso entre rayas. Puede incluirse aquí pero en forma de oración independiente: Somos testigos de la lucha del Vietminh por la independencia, el combate en retirada del ejército francés, los primeros movimientos del Gobierno estadounidense para hacerse con la hegemonía detentada hasta el momento por Francia. Agregué las palabras Somos testigos de para que embone lo que sigue.

Ahora hay que reanudar el texto con los detalles de esa “compleja relación triangular”. No obstante, en vez de emplear dos incisos, los convertiré en sendas oraciones independientes, coordinadas por la conjunción o: Cada personaje representa o es guiado por concepciones culturales antagónicas mal entendidas o incomprensibles para los demás. En este momento solo falta el final, el cual será una oración independiente rematada por una subordinada sustantiva, en 12 palabras nada más: Los resultados y comportamientos son muy distintos de los que se persiguen.

Si lo armamos así, lo que había sido una sola proposición de 100 palabras se convierte en cuatro proposiciones con un total de 96 palabras, cuatro menos que el enunciado original: Situados en un complejo tablero en que se dirimen distintas pugnas, un periodista británico, un agente de los servicios secretos norteamericanos y una muchacha vietnamita constituyen los vértices de una compleja relación triangular. Somos testigos de la lucha del Vietminh por la independencia, el combate en retirada del ejército francés, los primeros movimientos del Gobierno estadounidense para hacerse con la hegemonía detentada hasta el momento por Francia. Cada personaje representa o es guiado por concepciones culturales antagónicas mal entendidas o incomprensibles para los demás. Los resultados y comportamientos son muy distintos de los que se persiguen.

Leamos, pues, el texto entero de lo que podría haber sido la cuarta de forros de El americano tranquilo de Graham Greene, en edición de Alianza Editorial:

Construida formalmente bajo los patrones del género de intriga, El americano tranquilo es una de las obras de Graham Green más acabadas, originales y vigorosas. Esta novela tiene como escenario la Indochina de los primeros años de la década de 1950. Situados en un complejo tablero en que se dirimen distintas pugnas, un periodista británico, un agente de los servicios secretos norteamericanos y una muchacha vietnamita constituyen los vértices de una compleja relación triangular. Somos testigos de la lucha del Vietminh por la independencia, el combate en retirada del ejército francés, los primeros movimientos del Gobierno estadounidense para hacerse con la hegemonía detentada hasta el momento por Francia. Cada personaje representa o es guiado por concepciones culturales antagónicas mal entendidas o incomprensibles para los demás. Los resultados y comportamientos son muy distintos de los que se persiguen.


[1]Graham Greene, El americano tranquilo, s/e. © 1955. Alianza Editorial, Madrid, 2003. 244 pp.

[2]He aplicado la norma tipográfica universal para consignar el nombre del autor y el título de la novela.

Departamento de Claridad y Precisión: La regla de oro

NO SOLO EN el periodismo se precian la claridad y la precisión. De hecho, la regla de oro de cualquier documento escrito —sea personal u oficial, académico o informal— es que su mensaje sea claro y preciso. En los encabezados y balazos de revistas y periódicos este mandamiento pesa aún más porque casi ningún lector puede leer todo el contenido de la publicación, y dependemos de que las cabezas de los artículos nos trasmitan la idea general de lo que se desarrollará dentro del cuerpo de la noticia o artículo que encontraremos a continuación.

Por ello resulta en extremo desconcertante la práctica cotidiana de algunos periódicos de escribir encabezados que son crípticos o totalmente incomprensibles, como el que vemos arriba: “Ofrece adicta a niños y deja adolescente a su bebé” (Reforma, “Justicia”, 18 de diciembre de 2011, p. 6). Para entender de qué se trata, es indispensable leer todo el artículo. Así, resulta inoperante y contraproducente la cabeza publicada.

Tal como está redactada, es imposible descifrar su mensaje. “Ofrece adicta a niños” puede significar que una adicta ofrece algo a niños, o que esta adicta tiene niños y los ofrece, quién sabe para qué. “[…] y deja adolescente a su bebé” nos deja todavía más perplejos. ¿Esta misma adicta dejó a su bebé adolescente? ¿Esto tiene sentido? ¿O se emplea la palabra adolescente con el sentido de “aquel que adolece de algo”? Así, entenderíamos que deja a su bebé aquejado por algún mal. ¿Qué relación hay entre los niños de la primera parte del encabezado, y su bebé, que está en la segunda?

La verdad, no hay ninguna relación porque se trata de dos personas diferentes: de una adicta que trató de vender a sus dos hijos por cinco mil pesos, y de una adolescente que abandonó a su bebé para después arrepentirse y declarar ante el Ministerio Público que se lo habían robado. Lo que hizo el periódico Reforma fue combinar el relato de dos acontecimientos en una sola nota, pero construyó un encabezado donde se entiende que hay un solo sujeto gramatical. Y por si esto no causara suficiente confusión, es un sujeto tácito, pues no aparece sino que se intuye por los verbos conjugados ofrece y deja.

Sin embargo, no para allí la incompetencia periodística. En el encabezado principal, que viene enseguida, se lee: “Venden y abandonan a hijos”. Al igual tenemos un sujeto tácito, ahora plural, que nos da a entender que son varias personas las que incurren en los delitos que se describirán a continuación. Varias venden, varias abandonan. Pero solo es una que vende, y otra que abandona.

No hay que confundir al lector. Si lo hacemos, habremos fracasado como comunicadores. Nadie es perfecto y todos cometemos errores. Y es posible que así surja una confusión. Pero crear encabezados confusos de manera cotidiana y sistemática merece una condena generalizada. Los lectores debemos exigir que nos respeten. Lo merecemos. La alternativa, desde luego, es no leer aquellos medios que toman a la ligera su cometido de comunicar con claridad y precisión. En el caso de Reforma es una verdadera lástima porque tiene elementos muy positivos. Pero nos provoca continuos dolores de cabeza por ser tan difícil de leer o, más bien, descifrar.


Departamento de Puntuación: Valen oro los dos puntos y la coma

ALGUNAS PERSONAS piensan, equivocadamente, que la puntuación sale sobrando en herramientas comunicativas como anuncios espectaculares y mantas; tal es el caso que hoy nos ocupa. Esta manta, portada orgullosamente por el gremio de los franeleros (también conocidos como viene-viene),[i] quiere darnos a entender un mensaje claro y contundente, pero sin puntuación puede comprenderse de por lo menos cuatromaneras. Pongo la puntuación o conjunción faltante entre corchetes:

Marcelo Ebrard entiende [que] las calles no se venden.

Marcelo Ebrard entiende[:] las calles no se venden.

Marcelo Ebrard entiende las calles[:] no se venden.

Marcelo Ebrard[,] entiende[:] las calles no se venden.

Sin embargo, solo una de estas proposiciones es la correcta. (Digo “correcta” por cuanto trasmite el verdadero mensaje de los emisores). Se trata de la última, en color verde.

La primera opción, “Marcelo Ebrard entiende [que] las calles no se venden”, no es el mensaje correcto porque contradice la posición de los franeleros manifestantes. Es común (y nada recomendable), sobre todo en el lenguaje burocrático, suprimir este que conjuntivo: “Le pido de la manera más atenta [que] se sirva girar sus apreciables órdenes en el sentido de que bla, bla, bla”. Si usted comprendió que Marcelo Ebrard[ii] entendía que las calles no se vendían, se debe a que interpretó que se elidió (suprimió) la conjunción que.

La segunda opción, con dos puntos [:] después de entiende, comunica lo mismo que la primera: que Marcelo Ebrard entiende que las calles no se venden. Mas sabemos que no es el caso. La tercera opción afirma que Marcelo Ebrard entiende las calles, que las comprende. Y estas no se venden. Tampoco querían decir esto los viene-viene.

La puntuación de la cuarta opción lo aclara todo. Como los franeleros se dirigen al jefe del Gobierno capitalino, Marcelo Ebrard, utilizando su nombre propio, hace falta una coma después de ese nombre. Se trata de la coma del vocativo. Los dos puntos [:] tras entiende introducen una conclusión: las calles no se venden. De haber puntuado así su manta, el gremio franelero habría comunicado eficazmente su mensaje y no tendrían que haber pagado ni un centímetro cuadrado más de tela:


[i]Para los lectores que no viven en México: estos trabajadores de la calle se llaman franeleros porque suelen portar trapos de franela roja para llamar la atención de los conductores de automóviles e indicarles dónde hay lugar para estacionarse (aparcar) en la vía pública; la franela también les sirve para limpiar parabrisas. El término viene-viene surgió porque esto es lo que suelen decir los franeleros o viene-viene cuando ayudan a los conductores a estacionarse (aparcar) en la calle. El franelero se coloca detrás del coche, y se entiende que el conductor debe venir (echarse hacia atrás) hasta que el franelero deja de decir “viene-viene” y da una palmada fuerte en la carrocería del auto del conductor. Esta es, por lo menos, la práctica más común en la Ciudad de México.

Para decirlo amablemente, los franeleros constituyen una especie de mafia light, y para que los ciudadanos tras el volante cooperen, es frecuente que los viene-viene los amenacen con planteamientos de tipo “Es para que nada le pase a su coche, joven”. A fin de que se entienda rectamente, se trata de una extorsión. Los franeleros, a su vez, suelen ser extorsionados por los policías que patrullan su área de trabajo. Son precisamente cadenas de corrupción como la aquí descrita las que disminuyen la calidad de vida de cualquier ciudad. Peor aún: ofrecen una opción fácil a los jóvenes que no quieren —o no pueden— estudiar un oficio o una carrera. Los saca de un apuro inmediato, pero los coloca dentro de lo que será un eterno subempleo mal remunerado del cual difícilmente podrán escapar.

[ii]Marcelo Ebrard es, actualmente, el jefe de Gobierno (alcalde) de la Ciudad de México, por el Partido de la Revolución Democrática (PRD), de izquierda.

Departamento de Léxico: La preposición “hasta” indica límite

LOS FIELES lectores de este blog ya lo saben porque lo hemos señalado hasta el cansancio, pero por lo visto nunca estará de más hacer hincapié en que la preposición hasta significa límite, no punto o momento de inicio.

El haber retratado este anuncio dentro de una tienda Superama hace cosa de un año casi me cuesta la vida, la cámara fotográfica o ambas. Un policía de vigilancia estaba a punto de cortar cartucho cuando me vio enfocar la proclama comercial a fin de registrar este uso tan mexicano de hasta. Tal vez pensó que yo tenía en mente instalar allí una narcomanta o algo parecido. Pero en lugar de echarme a correr sin pagar, le expliqué que a la tienda no le convenía cumplir con lo que allí prometía. El señor, confundido, bajó su fusil y procedí a exponer de la manera más sencilla posible lo que ahora pondré por escrito.

El DRAE nos informa que hasta “denota el término de tiempo, lugares, acciones o cantidades”. En otras palabras, indica fin, no inicio. Puedo anunciar que recibiré trabajos finales hasta el mediodía. Significa esto que mis alumnos deben entregarlos antes de esa hora, no a partir de esa hora. Si trabajara hasta el día 29, el día 30 ya estaría de vacaciones. Si decidiera correr de aquí hasta la pared de enfrente, no iría más allá de esa pared. A un secuestrador le pueden dar hasta 50 años de cárcel: este es el límite.

En el anuncio del supermercado se afirma que todas las compras realizadas del 7 al 31 de enero, con las tarjetas de crédito mencionadas, se pagarán hasta abril. Esto quiere decir que en mayo los clientes ya no tendrían que seguir pagando lo que aún debieran. ¡Cuentas canceladas, consumidores felices! ¿Esto deseaba dar a entender la cadena comandada por el consorcio Walmart? Lo dudo. Si no me equivoco, querían dar a entender que sus clientes empezarían a pagar sus deudas crediticias a partir de abril. En otras palabras, la tienda buscaba ofrecer una especie de descanso tras la cuesta de enero (y la de febrero y marzo también, supongo), no la cancelación de todas las deudas de sus clientes en abril.

Así, si usted dijera que su hermano “llega hasta enero”, no tendría mucho sentido. Este hermano tendría que estar llegando y llegando, todos los días, hasta enero, cuando dejaría de llegar. Usted seguramente querría decir que su hermano no llegará hasta enero (o que no llegará sino hasta enero), o que llegará apenas en enero, o aun más simplemente: que llegará en enero. Y si este mismo hermano anunciara que trabajará hasta febrero, entenderíamos que después de este mes estaría desempleado.

Una nota: la preposición hasta puede significar otra cosa por completo, pues también tiene el sentido de incluso o aun (sin tilde): “Hasta yo puedo resolver esa ecuación”; “Las matemáticas pueden fascinar hasta a los más renuentes”.

¡Hasta la próxima, entonces! (Y si se ponen hasta atrás en estos días de celebración, háganme el favor de no manejar). ¡Felices fiestas a todos, hasta a aquellos que odian estas fiestas!

Departamento de Léxico: “Infringir” e “Infligir” no son lo mismo

ES POSIBLE QUE para muchas personas infligir e infringir sean palabras domingueras y perfectamente intercambiables. Después de todo, lo importante para ellas es poder impresionar a los lectores con su rico vocabulario. Que desconozcan el significado de las palabras que usan importa poco. Pero sí importa a los lectores, quienes deben pagar los platos rotos por periodistas y editores que se consideran muy por encima de las reglas, la ortografía e incluso del sentido común.

En la página uno de la sección “Ciudad” del periódico Reforma correspondiente al día de hoy, 29 de noviembre de 2011, leemos lo siguiente en el artículo “La tortura duró cinco minutos”, firmado por Yáscara López: “El policía es uno de los cinco sospechosos de haber participado e infringido tortura a un detenido”.

Infringir significa quebrantar leyes u órdenes. Por ejemplo, si fumo en un restaurante, tienda departamental, banco o cine, estoy infringiendo la ley que protege a los no fumadores. La infrinjo. (Nótese el cambio de la g a la j en la primera persona singular del presente. Esto también sucede en todas las formas presentes del subjuntivo: infrinja, infrinjas, infrinjamos, etcétera).

El verbo infligir, por su parte, aunque posee una connotación negativa —como infringir—, alude a otra acción por completo. Significa causar daño o imponer un castigo: “El editor de Reforma, en un artículo que apareció hoy, infligió un gran daño a sus lectores al no corregir el error de la redactora, quien confundió infligir con infringir”; “Sería comprensible que se infligiera un castigo a editores perezosos o ignorantes que deberían ser más sabios o, por lo menos, más cuidadosos”.

También he visto y escuchado la forma híbrida inflingir, la cual no está registrada en ningún diccionario. Si usted confunde estos términos —y es comprensible que esto suceda debido al parecido que entre ellos existe—, recomiendo que los escriba en sendas fichas bibliográficas, o post-its, y que las pegue (junto con sus respectivas definiciones) en el marco de la pantalla de su computadora. Pronto los dominará y evitará desaguisados como el que inspiró la escritura de esta entrada.

Departamento de Verbos: “Tambalear” no es transitivo

NUNCA ESTÁ DE más recordar que los verbos pueden funcionar, básicamente, de tres maneras: transitiva, intransitiva y pronominalmente. En otras palabras, los verbos pueden tener tres naturalezas. Algunos solo poseen una; otros, dos de las tres; los demás, las tres. Cuando afirmamos que un verbo es transitivo, queremos dar a entender que su acción siempre recae en algún objeto, que llamaremos complemento de objeto directo, o para abreviar: complemento directo. Por ejemplo: “Tomo café en las mañanas”. La naturaleza del verbo tomar permite que su acción recaiga en algo, en este caso, café. Quiere decir que se trata, aquí por lo menos, de un verbo transitivo. Pero si digo “Valentín toma en las mañanas”, brilla por su ausencia aquello que toma Valentín. Es así porque al usar el verbo tomar sin complemento directo, al emplearlo intransitivamente, posee otro significado especial: tomar alcohol. No es necesario que se explicite de qué bebida se trata. Otro ejemplo: “Valentín toma mucho”. Nadie pensará que se trata de leche o jugo de naranja. En ocasiones nos equivocamos al emplear intransitivamente un verbo transitivo, o de modo transitivo, un verbo que solo es intransitivo (o pronominal, situación que explicaremos más adelante). Este es el caso del recorte del periódico Reforma que vemos en el recuadro que está a la cabeza de esta entrada: “Tambalean a Gobierno de Grecia” (2 de noviembre, primera plana).

Si consultamos el Diccionario (DRAE), descubrimos que la única acepción de tambalear es intransitiva: “Moverse a uno y otro lado, como si se fuese a caer”. Por lo tanto, el encabezado sería así: Tambalea el Gobierno de Grecia. También pudieron haber elegido Hacen tambalear al Gobierno de Grecia. En ambos casos, el verbo tambalear está empleado intransitivamente, sin complemento directo.

¿Pero por qué habrán empleado tambalear de modo transitivo? Es fácil de imaginar: porque el presidente de aquel país, Giorgos Papandreou, decidió lanzar un referendo sobre el acuerdo de rescate propuesto por la Comunidad  Europea. Lo respalda, al parecer, su gabinete. Estos son quienes hacen tambalear al Gobierno de Grecia. Queriendo acortar el encabezado, los de Reforma volvieron transitivo el verbo intransitivo: “Tambalean a Gobierno de Grecia”.

Volvamos por un momento al DRAE. Después de la definición aparecen estas letritas: U. m. c. prnl. Muchos se las brincan, pensando que no sirven para nada o que están de adorno. Mas no es así. Significan “usado más como pronominal”. Cuando afirmamos que un verbo puede emplearse pronominalmente, quiere decir que puede emplearse con algún pronombre personal. Así, podemos decir destaco o me destaco. Destacas o te destacas. Destaca o se destaca, etcétera. También pudo haberse escrito, entonces, “Se tambalea el Gobierno de Grecia”. Esto es así porque tambalear puede emplearse tanto intransitiva como pronominalmente.

En resumidas cuentas, si no estamos seguros de cómo debe emplearse un verbo, lo mejor será que recurramos a nuestro amigo el Diccionario (como les digo a mis alumnos para hacerlos reír). En esas pequeñas letras que siempre pasan por el arco del triunfo, se guardan muchos secretos. Si la acepción empieza con la abreviatura tr., el verbo se emplea transitivamente, con complemento directo. Si aparece intr., significa que con esa acepción el verbo debe usarse de manera intransitiva. Si aparecen las letras u. m. c. prnl. o u. t. c. prnl. (usado también como pronominal), el uso pronominal es, asimismo, correcto.

¡El demonio está en los detalles! Pero también los secretos…

Departamento de Léxico: “Confrontar” y “enfrentar” no son sinónimos

LOS VERBOS confrontar y enfrentar presentan problemas para la redacción cotidiana. No son precisamente sinónimos, pero muchas personas los emplean como tales. En el párrafo que aquí se reproduce, leemos: “Transportistas, vecinos de Lomas de Vista Hermosa y la Delegación [sic] Cuajimalpa se han confrontado desde la semana pasada por una vialidad, el túnel Carlos Echánove […]” (Pilar Gutiérrez, “Chocan vecinos por tope elevado”, Reforma, “Ciudad”, 6 de octubre de 2011, p. 1). Considero que la reportera debió utilizar el verbo enfrentar: “Transportistas, vecinos de Lomas de Vista Hermosa y la delegación Cuajimalpa se han enfrentado desde la semana pasada por una vialidad, el túnel Carlos Echánove […]”.

El verbo confrontar, por lo general, significa “carear una persona con otra” o “cotejar una cosa con otra”. Aquí no se insinúa, por fuerza, un conflicto, pero eso es precisamente lo que se ha dado en el caso del túnel Echánove. Puedo, por ejemplo, confrontar dos ideas o dos obras para determinar en qué coinciden y dónde divergen. Asimismo, dos personas pueden confrontarse en un debate sin que exista entre ellas conflicto sino solo ideas o puntos de vista divergentes. No por ello llegarán a los golpes. Pero si la idea sí es “hacer frente al enemigo”, lo que tenemos no es una mera confrontación sino un enfrentamiento. Y se trata, en el caso citado, de nada menos que un enfrentamiento entre vecinos.

Sin embargo, no solo enfrentamos, en son de conflicto, a personas enemigas o contrarias a nuestros intereses. También puede tratarse de situaciones, peligros o problemas: “Debemos enfrentar cuanto antes el problema del drenaje, pues resulta insuficiente cuando caen aguaceros”.

Las dudas se presentan cuando no está del todo claro si en la confrontación hay también enfrentamiento. Como redactores, debemos preguntarnos si predomina la idea de careo o cotejo, por un lado, o la de conflicto, oposición o franca agresión, por otro.

El dilema se complica porque el Diccionario panhispánico de dudas (DPD) lo enturbia de manera innecesaria. Cuando el DPD discute el uso pronominal o intransitivo del verbo confrontar(se), cita una definición que simplemente no está en el DRAE: “Cuando significa enfrentarse o hacer frente a alguien o algo”. La verdad es que no significa eso. Esa definición brilla por su ausencia en la entrada de confrontar dentro del Diccionario académico. Tampoco está entre las revisiones programadas para la vigésima tercera edición.

Creo que aquí sucede otra cosa: el DPD está recogiendo, por iniciativa propia, la confusión popular y está apostando por la confusión de los términos. Es como si el DPD no quisiera que hubiera distinción entre estos verbos, simplemente porque muchas personas los confunden.

Aquí hay dos escuelas de pensamiento: 1. No oponer resistencia al desconocimiento —que algunos llaman ignorancia— y permitir que, en este caso, confrontar y enfrentar sean sinónimos, pues así mucha gente los entiende. 2. Insistir en que las palabras conserven su sentido propio y distintivo, ya que esto representa una ventaja expresiva. Esta escuela considera que es conveniente mantener la diferenciación entre estos verbos porque, de otra manera, tendríamos que emplear palabras adicionales para que se entienda lo que, idealmente, se comprendería muy bien sin ellas. La concesión volvería nuestro lenguaje más ampuloso, menos conciso y preciso.

Yo pertenezco al segundo grupo. Aun así, reconozco que hay casos donde no importa mucho que se pierda el sentido específico de ciertas palabras, sobre todo porque apenas se emplean con uno de los sentidos (se me ocurre bizarro como ejemplo de una causa perdida: es difícil que esta palabra recupere el sentido de gallardo; lo más seguro es que continúe con el sentido más reciente de raro o extravagante). En estos casos, realmente no pasa nada. Mas en el de confrontar y enfrentar, no creo que sea así porque ambas palabras se emplean con mucha frecuencia para dar a entender dos conceptos relacionados mas diferentes. ¿Perderemos la oportunidad, el derecho, de distinguir entre ellos? ¿Está bien que sea un albur el significado de oraciones como “Los candidatos se confrontaron anoche en la Asamblea de Diputados”? ¿O de esto deberíamos poder colegir que se pusieron cara a cara, sin que hubiera agresión alguna? Si perdemos este sentido claro y diferenciado, podría comprenderse así, pero también sería posible entender que hubo tensión, agresión o conflicto entre ellos.

¿Los mantendremos diferenciados, o nos dará lo mismo? Opine usted…

Departamento de Confusiones: “Por qué” y “porqué” no son iguales

A PESAR DE que en varias ocasiones hemos tocado los problemas que suscitan las cuatro grafías diferentes de lo que suena como [por ke] o [por-ke], son tan recurrentes que vale la pena detenernos una vez más en el tema. Veamos, por ejemplo, la imagen que he reproducido del artículo titulado “Muere policía en triatlón” (Ricardo Rivera, Reforma, “Ciudad”, 29 de septiembre de 2011, p. 1). Aparece dos veces la locución por qué, pero solo está escrita correctamente al inicio del párrafo en cuestión: “La SSP declinó informar por qué no había un equipo de salvamento […]”. En la segunda parte de esta oración compuesta, se escribe mal: “[…] señalaron que no había más datos del por qué se ahogó el agente”. El reportero seguramente habría querido dar a entender “[…] señalaron que no había más datos de por qué se ahogó el agente” o, en su defecto, “[…] señalaron que no había más datos del porqué del ahogamiento del agente”.

Sabiendo qué tan generalizadas se hallan estas confusiones, en la nueva Guía esencial para resolver dudas de uso y estilo, que acaba de aparecer gracias a Editorial Planeta, preparé una entrada especial al respecto. Me tomo la libertad de reproducirla aquí. Los invito a conocer el libro y, mientras tanto, a hacer de esta entrada un flashcard para que puedan disipar sus dudas cada vez que surjan:

porque – por que – porqué – por qué

La manera más fácil de explicar los usos de estas palabras es por medio de ejemplos claros: No llegó porque su avión tuvo problemas en Madrid. (Conjunción causal). Nunca debe escribirse separadamente o con acento ortográfico cuando se trata de una simple conjunción que indica causa. También puede ser sinónimo de para que: “Daría lo que fuera porque aceptara mi propuesta”. Aquí es una conjunción final (o de finalidad). Solo tú sabes la razón por que escribiste esa carta. (Locución conjuntiva causal, equivalente a por la [lo] cual). Muchas veces se prefiere por lo cual, o por la cual (o sus formas plurales) pero por que es perfectamente aceptable y, además, elegante por económico. El porqué de su comportamiento es obvio. (Sustantivo masculino que significa causa, motivo o razón). Como sustantivo, siempre se escribe en una sola palabra y con acento ortográfico en la e.

a: ¿Por qué no me dijiste todo? b: No sé por qué no me dijiste todo. (Locución adverbial interrogativa). Se puede emplear en una pregunta directa, como en el caso a, o en forma indirecta, como en el caso b. En ambos, es necesario escribirlo en dos palabras y con tilde diacrítica en la e.


© 2011, Editorial Planeta Mexicana, S.A. de C.V. (pp. 216-217)